TEJEDA, Isabel (2020): “En las alas del murciélago: Greta Alfaro”

En las alas del murciélago: Greta Alfaro

Isabel Tejeda, UM

“…así como debajo del sol no hay cosa nueva, así no hay cosa estable, perpetua, ni permanente, porque todo tiene una continua mutabilidad”.

Rodrigo Caro, Obras, S. XVII

“Todo lo que el ser humano puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo” 

Albert Camus, La peste, 1947.

Cuando se producen fenómenos históricos trascendentes que afectan de forma profunda y traumática a la vida cotidiana de la población, los imaginarios mutan, pero también la manera de interpretarlos: se engendra un cambio de paradigma que afecta no sólo a la producción de las imágenes y a sus sistemas de representación, sino también en cómo estas se reciben, cómo se consumen. Así lo concebía Theodor Adorno tras la Segunda Guerra Mundial y el descubrimiento de los horrores que escondían las columnas de humo de Auschwitz. Una vez puesta esta cruda realidad sobre la mesa en forma de fotografías, películas, huesos y objetos fabricados con piel y pelo humanos, de números tatuados en los antebrazos de los supervivientes, ¿era posible seguir produciendo poesía? ¿Era admisible seguir generando las mismas imágenes de idéntica forma? En la postguerra mundial, la reformulación de la pintura con el auge de los informalismos en Europa y el expresionismo abstracto en Estados Unidos, puso en evidencia la imposibilidad de generar un imaginario de carácter figurativo que pudiera siquiera competir en fuerza y radicalidad con las imágenes de una realidad que hizo tiritar de pánico al planeta y destruyó su espejismo civilizatorio en pleno siglo XX: este espejismo encubría un ser humano que potencialmente podía desollar a un semejante mientras escuchaba una partita de Bach. No era momento para goces estéticos y contemplativos, por lo que los discursos artísticos buscaron fórmulas nuevas de expresión. 

No es por supuesto comparable la crudeza de una guerra que compartió espacio y tiempo con un genocidio con la situación que hemos vivido los ciudadanos y ciudadanas del planeta en estos últimos meses; tras el encierro provocado por una enfermedad desconocida y de la que meses después se sigue comprendiendo tan poco, lo que sí supimos pronto es que para superar esta crisis no solamente valían los dineros, sino también la ciencia -siempre tan denostada e infra financiada-, pero sobre todo el sentido común. El sentido común podía salvar vidas. En Europa, sin duda la cuna de los privilegiados y privilegiadas del mundo, muchas personas entre las que me encuentro han vivido esta situación pre-apocalíptica sintiéndose protagonistas de una de esas películas de serie b con argumentos catastrofistas; y lo hemos hecho casi vegetando, de forma ralentizada, pertrechados en el sofá y narcotizados por las plataformas de televisión por internet. No obstante, la realidad ha puesto en evidencia que estas comodidades y recursos de huida no han sido suficientes para llenar el vacío generado ante un futuro incierto, ante una enfermedad jodidamente nazi que se ceba con los más vulnerables, ante una muerte que esconde, tras los pomos de las puertas o la mano de tu propio hijo, un enemigo común ínfimo e invisible. La pandemia del año 2020 no fuerza sin más a una recepción de las nuevas imágenes velada por nuestra experiencia personal, sino que, como pronto pude apreciar, también funda una relectura de las obras hechas antes de la crisis.

Precisamente, en pleno confinamiento a principio del mes de mayo, el vicerrectorado cultura de la UMH nos propuso producir un proyecto expositivo a Greta Alfaro y a mí. Partíamos de una limitación que pronto se convirtió en una aliada paradójica: al no ser posible producir obras nuevas, estábamos abocadas a pensar un proyecto que leyera la obra realizada por la artista navarra en los últimos años. Una retrospectiva para la que se utilizaría sólo una parte de sus piezas, aquella que facilitara un discurso, un relato alternativo que reflejara el estupor y la incertidumbre que estábamos sufriendo. La recepción que esta comisaria estaba realizando de las obras de Alfaro se teñía con la experiencia diaria del silencio en las calles que extrañamente se percibía desde el balcón, única ventana a lo contingente, conectándose la mayor parte de ellas con una idea de cataclismo que, aunque por supuesto existe en la obra de Greta Alfaro, se actualizaba día a día. La muestra que les presentamos no sigue las inercias del formato de muestra retrospectiva, es decir la consabida lectura cronológica que conecta una pieza con la producida a posteriori siguiendo como hilo conductor la trayectoria de la artista. Además, la generación de una nueva narrativa a partir del encuentro de las piezas, lo que es en su base la gramática general expográfica, no ha podido hacerse sin el plácet y colaboración de la artista. En este caso de manera especialmente intensa. Por tanto, un comisariado que parte de estas premisas debe entenderse como un trabajo colaborativo entre la artista y la que esto firma en un constante ir y venir que, en esta ocasión, hemos visto crecer a través de la pantalla fría de un monitor.

El relato resultante, que tiene un fuerte cariz narrativo que esperamos se aprecie en la sala de exposiciones de la UMH, vincula piezas asíncronas a partir de discursos ligados a la idea del desastre, de lo incierto, de la destrucción vana de la belleza, de la violencia del patriarcado, de los terrores que esconden los ritos cotidianos de sociabilidad, de las perversiones implícitas en algunas ceremonias devotas, o de la entropía a la que parecen conducirnos nuestras maneras intrusivas de ocupar el territorio. Distópica sin duda esta muestra y sus discursos subrayando una de las líneas de fuerza de Greta Alfaro. Poco espacio lamentablemente queda para el optimismo no sólo tras nuestra experiencia, sino ante el voraz consumo de imágenes que llegan a borbotones de distintos puntos del globo y que ponen en evidencia que los privilegiados del primer mundo, que tienen sin duda la capacidad de actuar con sensatez y solidaridad, no siempre lo están haciendo. Porque los otros, los desarrapados, humildes y parias de la tierra no tienen elección: potencial enfermedad o hambruna inequívoca. Sólo nos queda entender, siguiendo a Camus, que lo más positivo que podemos obtener de la peste es el aprendizaje, conocernos a nosotros mismos tanto en las grandezas que afloran en escenarios inéditos como en las miserias que sabemos enmascarar. 

En este sentido, para Greta y para mí este proyecto no está siendo una exposición más: es sin duda la muestra del confinamiento, la de la pandemia. La rabia, la crítica desatada y a veces iracunda ante lo que oigo y veo, el dolor por los que he perdido, la tristeza de atestiguar que mis expectativas de un mundo mejor no son más que hueros pensamientos, la constatación de lo absurda que es nuestra inercia ante el día a día, y la denuncia ante la injusticia, se adhieren pegajosas, melosas, a las obras de Alfaro. Es, sin duda, un momento en el que se pone en evidencia más que nunca la importancia del contexto.

La primera vez que hablé con Greta Alfaro sobre esta exposición le manifesté la sensación de incertidumbre y el aroma distópico que para mí emanaba de la mayor parte de sus trabajos. Me interesaba especialmente la referencia a la cultura barroca -en ocasiones respecto a su imaginario, en otras a la actualización de su gramática. A nadie le pasan desapercibidas las citas a Clara Peeters, a Juan Arellano, o, sobre todo, a Valdés Leal (y su excepcional miscelánea de lo agónico y lo lúdico) en una obra de evidente ostentación y contraste como El cataclismo nos alcanzará impávidos (2015), en la que los objetos, más que metonimias, obtienen un cariz antropomórfico que les lleva a ser violados y destruidos por un falo, este sí, metonimia del patriarcado. En el desolador vídeo In ictu oculi (2009) Alfaro utiliza un lenguaje alegórico como sistema de representación también primordialmente barroco; esta pieza fue realizada al principio de una crisis económica que arrastró hace tan solo una década nuestro aún incipiente Estado del bienestar, pero casi puede entenderse como el prólogo de la situación actual en un continuum que nos ha ofrecido escasos paréntesis de sosiego. La teatralidad barroca también se encuentra tras una pieza como Honor y gloria (2016) con un uso minimalizador de elementos y la composición cartuja, despojada y sencilla, que podemos hallar en la pintura de Zurbarán o de Sánchez Cotán. La atracción por esta estética, algo que ya han resaltado muchos colegas en sus ensayos sobre Alfaro, es por tanto más que visible en su obra: en trabajos como Invención (2012) o Fall On Us, And Hide Us (2011) se apropia de arquitecturas rituales de origen católico levantadas en México o España, como escenarios de sus obras. En Invención, llevada a cabo en el mexicano Ex Teresa, conduce la idea del rito a sus últimas consecuencias en un país en el que, como bien supo leer Italo Calvino en Bajo el sol jaguar, la elaborada gastronomía mexicana esconde sabores, los de la sangre de los cultos antropofágicos y sacrificiales (no es casual que esta pieza anime al ritual colectivo, a que los espectadores devoren la propia arquitectura antes religiosa rebozada en blanco merengue dorado al fuego).

Pero sobre todo me resulta fascinante el uso del concepto de tiempo en suspensión que Greta Alfaro hace contrastar hábilmente con la idea de la repetición de patrones que hay en cualquier ritual, sea religioso (Honor y gloria) o social (Budapest y Viena, 2009); un concepto que de manera distópica se vuelca paradójicamente -sí, paradójicamente-, en un cierto pensamiento de mudanza que a mi parecer tiene su origen de nuevo en la cultura del barroco (“Ninguna cosa permanece en la naturaleza”, defendía Saavedra Fajardo), pero que en la obra de esta artista conduce de forma entrópica al principio para repetirse una y otra vez sin posibilidad de conciliación, a sabiendas de que no es probable que la situación se pueda invertir (Decimocuarta estación, 2019). Como nuestra época, aquella del siglo XVII estaba cosida a muerdos por las pestes, las hambrunas y una devastadora crisis económica que se cebó especialmente en los territorios que conformaban el otrora Imperio Español. También durante el proceso de trabajo desempolvamos piezas más cercanas en el tiempo que también se mostraban teñidas por el espíritu del barroco y que cobraban una actualidad inusitada: así ocurría con Terremoto in palazzo que Joseph Beuys llevó a cabo en la ciudad de Nápoles en 1981 y que estuvo presente como un mantra en mi cabeza durante las últimas fases del confinamiento; una instalación de viejas cosas y tarros de cristal cuya inestabilidad se acompaña con la fragilidad de saber, en estos momentos más que nunca, que el aleteo de un quiróptero al otro lado del mundo ha desencadenado un cataclismo que ha hecho tropezar a todos y todas al mismo tiempo. Como en la vanitas barroca ha colocado a cada individuo, pobre o rico, ante una misma tesitura, la de ser conscientes de su vulnerabilidad. 

El poder del mundo se posa en las alas de un murciélago. 

Eventos

Destacados

Información importante

Cursos de formación teatral y Participa en la Compañía de Teatro UMH

Cursos de formación teatral / Compañía de teatro UMH

Talleres en línea gratuitos

Talleres en línea gratuitos